Ahora escucho el llanto de dos amantes:

Enséñame la calma,
no me condenes a mi sombra,
aléjame de mí,
del aliento de mi espíritu corrupto.
Tú, quien ahora vibras en los poemas,
en las saetas ardientes heridas por una voz,
en cada letra de un verso bello.

Encuentra su respuesta:

Poeta, que tanto quieres encontrar

ungido con ese nombre,
¿verdaderamente crees que un verso
podría mover una sola piedra,
dominar las superficies?
Si las ondas de tu voz

son tus penas,

mago de la tormenta,
quédate lejos de mí,
aleja tu llanto de mi pecho
que sigo virgen de arena.