El mensaje detrás de la máscara

CECILIA DURAN MENA

 

En Florencia, mientras vas caminando, la belleza sale al paso

para maravillar al visitante. No se necesita ser un experto para

disfrutar. Sin embargo, es necesario estar atento. La ciudad nos

presenta mensajes discretos: no todo está dicho. En la penumbra,

aparecen carteles con caras que nos resultan conocidas. Pueden

ser grandes maestros del arte o contemporáneos. Lo mismo

encuentras pintores que escritores o cantantes, pero a todos los

une una característica interesante: están cubiertas por un visor

como el que utilizan los buzos. Son pósters que van marcados

por un toque humorístico y buscan traernos un mensaje. Desde

luego, el espectador debe poner de su parte.

Estos carteles son una forma de expresión callejera,

no siempre aceptada por las autoridades de la ciudad, que en

una primera reacción nos pintan una sonrisa por la originalidad

de la irreverencia y al profundizar en la propuesta nos llevan a

simpatizar con su tesis. El responsable de esto es Blub, un artista

urbano florentino, cuya propuesta es sencilla: “El arte sabe

nadar. Cuando sientas que tienes el agua hasta el cuello, no hay

problema: el arte sabe nadar”. Entonces, el espectador atento

recorre el camino que va de la penumbra al deslumbramiento.

Nos encontramos a Dante con visor, a varios miembros de la

familia Medici, pero también al David de Miguel Ángel, o

a imágenes de Boticcelli y a tantos más que flotan en el agua

entre burbujas. En la lista hallamos lo mismo a Leonardo que a

Picasso, a Dalí, a David Bowie o a Amy Winehouse. El beso entre

Marcello Mastroianni y Anita Ekberg se fusiona entre burbujas

y un telón de agua. Sé que a muchos les parecerá irreverente y que habrá puristas que no consideren como propuestas serias a

las obras callejeras, pero si las filas para entrar a la Academia no

te permitieron ver la escultura más famosa de Buonarotti o si la

economía no dio para pagar el boleto de la Galleria Uffizi, o si

sencillamente las galerías resultan ambientes inaccesibles, Blub

nos confirma que el arte sabe nadar y llega a todo aquel que lleva

el ojo listo para ver.

Blub aceptó platicar con nosotros sobre su propuesta.

Guarda una posición discreta, pero se muestra accesible. Nos

comunicamos vía correo electrónico, en italiano con la ayuda del

traductor de Google.

Por escrito: ¿Quién es Blub?

Blub: Pueden no saberlo, pero he elegido permanecer en el

anonimato, por lo que no puedo dar toda la información.

Por escrito: ¿Qué me puedes decir?

Blub: Estoy en Florencia, te puedo decir. También te puedo

decir que me alegro de que estén impresionados por el mensaje

detrás de la máscara de buceo.

Por escrito: ¿Cómo inició esta propuesta?

Blub: Al principio era un juego, pero más tarde fue claro para

mí que el mensaje detrás de las máscaras es exactamente que

cada forma de arte que los seres humanos pueden lograr no se

detiene frente a ningún tipo de crisis. De hecho, la crisis nos

ayuda a encontrar opciones y crear algo diferente, o alternativo.

Por escrito: ¿Qué es la crisis para Blub?

Blub: La crisis es una oportunidad. Por supuesto, todo depende

de la forma en que reaccionamos al respecto.

Por escrito: ¿Cuál es el mensaje detrás de la máscara?

Blub: Reflejar mi forma de vida, la búsqueda de la mejora

personal, evolucionar como ser humano, incluso en medio de la

dificultad o de crisis. Es llevar recado al espectador una búsqueda

interior de belleza, de confianza en la vida.

Por escrito: ¿Qué busca Blub con estos carteles?

Blub: Hacer sonreír a la gente. El objetivo que se cumple con mis

obras de agua para la ciudad. El mensaje ya se está transmitiendo.

Para mí, esto es mi pequeño esfuerzo de hacer algo positivo, algo

que compartir con los demás. Además, me gusta estar en la calle,

aunque respeto las fachadas. Principalmente instalo mis obras en

puertas metálicas o sobre los medidores de luz. ¡Están en todas

partes y ahora están mucho más lindos!

Por escrito: Burbujas, agua ¿qué significa todo eso?

Blub: Significa que creo que, si tienes el agua hasta el cuello, no

hay problema: el arte sabe nadar.

El trabajo de Blub es un replanteamiento del pasado, así como

un redescubrimiento del presente. Con estas intervenciones,

tanto obras como grandes maestros nos hablan, no sólo en el

lenguaje que ellos mismos utilizaron en su época, sino a través de

un elemento actual.

Ver a Dante con el agua hasta el cuello nos evoca un

contexto actual en el que el artista no cierra los ojos ante la

realidad del entorno, que es la que él vive, en la que se desarrolla

y que le atañe. Sus carteles son una respuesta en un mundo lleno

de múltiples dilemas y grandes contradicciones. Blub es capaz de

poner humor en este contexto y en medio de las preocupaciones

cotidianas en una Florencia señorial, nos ofrece un motivo para

sonreír.

En esa condición, el mensaje detrás de la máscara puede llegar a

ser sublime. No sólo por lo que nos muestra, sino por la reacción

que causa en el espectador. Sin duda, el arte de Blub sabe nadar.

Hoy su mensaje ya cruzó el mar.

 

La grieta

Por Ludim Cervantes

 

Ella se escapó al final del último sueño. Encontró la pared corrediza

y se esfumó. Yo no la vi, pero lo supe cuando todos comenzaron a

hablar del mundo tras la pared. Ella dejó una grieta por donde se observa

el destello de un sol muy intenso y ruidos. Simone, metió una varita para

corroborar si era seguro. No paso nada. Tres veces por semana Simone,

Kyle, Pound y yo, íbamos a la grieta y llamábamos a Lenka. Susurramos

su nombre, silbábamos y nada. Nunca nos escuchó.

Desde hace unas noches, Lenka tenía sueños extravagantes.

¿Cómo no iba a tenerlos si vivió toda su vida en la mente de un orate?

Logró escapar cuando se quedó dormido. Dicen que se deslizó por las

páginas, una por una. Llegó al prologo y se sacudió las faldas. Yo sabía

que lo amaba pero quería encontrar algo real.

Mientras ellos duermen, nosotros venimos a la grieta y tratamos

de ver que hay detrás. Colocamos los dedos en la pared, tratamos de

sentir algo más que sus latidos. Pegamos los ojos en la ranura pero la luz

cegadora nunca conseguíamos ver nada.

Un día Kyle empujó la pared como si quisiera mover cajas o

bultos. Aferrado en abrirla. Él estaba enamorado de Lenka. Quizá fue su

desesperación o deseo que consiguió abrir la ranura con sus propias manos.

Como si, de una puerta atascada se tratara.

Sonidos desconocidos nos atacaron. Tapamos nuestros oídos. El

aroma era insoportable entre fuego y azufre Pestilencia de estiércol y

muerto que me hizo vomitar. Una avenida apareció cuando el humo gris

se esparció. Aquella ciudad humeaba, rugía. Nos confundía su lenguaje.

Las personas eras cadáveres, los hombres fantasma, las mujeres arañas.

Todo era a un ritmo monótono. Dudamos un momento en cruzar. Hasta

que Pound dio un paso y todo se quebró tras de nosotros. Escuchamos los

cristales de la grieta estrellarse contra el piso. Fue como si alguien me

traicionara. Aquella ciudad gris, tenía el cielo amarillo y quemaba. No se

parecía a ningún otro sitio donde hayamos vivido.

Simone, fue la única que no salió. Se refugió en la grieta y

nos miró con terror. Prefirió custodiar la grieta. Alertarnos si nuestros

Amos nos iban a destruir. Pensé un poco; aconseje no seguir con esto. Se

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preocuparían por nosotros. No me gustaría que mi Ama se enojara conmigo

por desaparecer así.

Sabía que Kyle quería ver a Lenka. Susurró su nombre. Quizá

apareciera. Cómo un deseo o una aparición. Yo también quería buscarla

Lenka, porque, su amo va a enfadarse cuando despierte. Es un tirano y

cuando no le sirve algo lo tira. Como los intentos de una carta. Dicen

que lleva dormido muchos años junto con nuestros amos y los que aún no

nacen. La única que ha visto sus rostros es Lenka. Solía contarnos que

ellos tienen los ojos cafés y son mitad animal, mitad humano. Que nunca

están felices y se alimentan de los sueños y la vida de otros seres vivos.

Pound pensó que se trataba de alguno de los quinientos mundos

del amo de Lenka, o el suyo o el mío. Sin embargo, al ser la única que logró

salir, debía ser un mundo creado por él. Nuestros amos son subordinados

duermen poco y beben café. Este mundo se parecía a Lenka, cansada y

enferma. Tal vez Lenka lo sabía y quiso escapar porque estaba harta de ese

Amo que la obligaba a hacer cosas que no quería, como romperle el corazón

Kyle o encerrar a Simone en una caja. Algunas veces me dejaba al borde

del limbo.

Teníamos que buscarla o su Amo estaría de mal humor y quien

sabe que sucedería si no la encuentra.

Caminamos por una avenida donde los autos no dejaban de

gritar. No entendíamos su idioma pero sí el sonido de su ira. Las calles

eran iguales unas de otras, con los mismos edificios de cristal, las mismas

paredes ocre, el aroma a cigarro y coladera. Todo ser vivo era una sombra.

Sin cara y con el andar pausado Dos vueltas aquí, allá y llegamos a una

plaza donde las sillas y mesas tenían más vida. Todo estaba pintado de

azul, amarillo y morado. Había un hombre vestido de negro, sentado en

una silla y Lenka frente a él. Corrí a ella, los demás me siguieron. Ella

nos ignoró. Al parecer el hombre era ciego, llevaba lentes oscuros y no

reaccionó aparecí frente a él.

― Tienes que volver o el amo se va enojar y nosotros seremos

parte de una comedia épica ― Le dijo Pound.

Ella nos ignoró de nuevo. Cuando el hombre se puso de pie, Kyle

empezó a hablar.

― ¿Por qué? ¿Cambiaste todo por un mortal? Este hombre no

puede verte.

VOCESLenka sonrío.

― A este hombre le gusta leerme. Siempre me lee aunque no

me vea. Se parece a ti Kyle, sólo que él odia el sol.― Explicó Lenka.―

él no sabe nada, no ve nada, no piensa, no habla, no siente, es como un

muerto. Su nombre es como cualquier otro. No es especial ni para sí mismo.

Luego nos corrió, dijo que pensaría que estaba loca por hablar sola.

Kyle soltó un golpe al suelo. Y si observaba con detenimiento,

Kyle y él estaban hechos de la misma substancia. Puede que el Amo de

Kyle se inspirara en ese hombre, o algo más aterrador…

Entonces la tierra tembló. Creí que el Amo se despertaba pero

sólo eran dragones en la plaza. Muchos mosqueteros corrían por todos

lados. Algunos tomaron un taxi, otros subieron a los edificios. La grieta

se extendió hasta llegar al cielo. Culpe a Simone por no advertir. Lenka dio

un brinco, miró asustada. Lo bueno que él no veía nada, pudo haber muerto.

Se oyeron pasos en el cielo. Como el vecino del piso de arriba

que hace ruido al despertar. La grieta ya se había rotó. Salieron más y

más criaturas hasta que se destruyó por completo la pared. Y todo se

mezcló. Dragones con rasca cielos, unicornios en el metro, abogados en

un castillo, perros en librerías. Aún así, Lenka jamás dejó que el hombre

frente a ella conociera su caos. Ni mucho menos su llanto cuando su Amo

la cambió de cuento.

Soñar un día sin tiempo

de Juan Carlos Padilla Monroy

 

Un suave movimiento en las manecillas del reloj, y continúo

esperando ansioso mi visita. Se aproxima la hora del té y el

invitado aún no llega; es inaceptable para un inglés de su categoría

un retraso de semejante magnitud.

Tomo mi reloj de bolsillo… objeto más valioso no puede

haber; el tiempo es tan necesario para el hombre como su existencia,

y sin embargo, tan detestable como la indeseable libertad.

Quizá estoy perdiendo lo más preciado que poseo. Pues

siempre estoy pensando que me hago más viejo y sabio, cuando sólo

me hago viejo .

El tiempo evoca en mi memoria, recuerdos inútiles que

consumen el eterno retorno del pasado entero de mi vida; aceptar

que no hay peor y más implacable usurero que el tiempo, y cuando

se le obliga a hacer anticipos, cobra intereses más altos de los que

pudiera cobrar cualquier judío … el tiempo me roba la vida. El

Sol asoma, la Luna se oculta cada día y parece no importarme,

envejezco y apenas me doy cuenta. El Sol es el mismo realmente,

mas carente de respiración profunda me asecha la muerte . Estoy

limitado por este infame aparato que regula mi vida y me somete a

ella como la mano al hierro.

Mi vida es muy corta, y tardo tanto tiempo en

comprenderme, que no hay momento para disfrutar el alba…

Tomo el reloj de oro del bolsillo de mi saco y con furiosa

ira, lo arrojo contra el suelo y satisfecho, lo veo despedazarse;

emocionado, derribo el reloj del muro, y loco, resisto la represión

que contrae y tortura mi cabeza con el funesto sonido.

Irónicamente el tiempo no puede dejar de lado el tiempo,

y yo sí, y estoy feliz… pero el invitado aún no llega.

David Gilmour

Siempre estoy pensando que me hago más viejo y sabio, cuando sólo me hago viejo.

Arthur Schopenhauer

No hay más implacable usurero que el tiempo

Pink Floyd

El Sol es el mismo realmente, mas carente de respiración profunda me asecha la muerte

El silencio de los pasos infinitos

de Juan Carlos Padilla Monroy

 

Sus manos temblaban, la adrenalina en su sangre fluía con

rapidez, pero el temor lo inmovilizaba; de espaldas contra uno

de los muros del laberinto, el ambiente sepulcrante amordazaba la

oscuridad absoluta; sentía que su alrededor lo miraba con recelo,

el silencio de los pasos infinitos lo acosaba, el murmullo de aquellos

pasos que asechaban, se acercaban lentamente a su derecha.

Cuando tomó la decisión de asomarse por el corredor,

el ruido cesó. No había nadie… nuevos pasos se acercaron a su

izquierda, se apresuró a interceptar las sombras, pero ocurrió lo

que hacía un momento.

La duda consumía sus pensamientos; ¿de quién serían

los pasos que escuchaba? ¿serían los mismos siempre o alguien

querría engañarlo? Pero, ¿quién? O, ¿quizá se engañaba a sí

mismo? De lo que estaba convencido era que había algún otro ser

dentro del laberinto. Los pasos reaparecieron y sin pensarlo, corrió

tras ellos para encontrarlos. El tigre había cambiado de habitación

y la muerte lo esperaba; ¿cómo podía saber que no era él quien se

engañaba y creía en un tigre al que nunca había visto?

Perseguía ciegamente los ecos subconscientes de su alma.

Exhausto, recargó la espalda contra otro muro, cerró los ojos y

despejó su mente; era inútil, los pasos seguían atormentándolo,

se levantó de nuevo y recorrió los vacíos pasillos que ocultaban el

inevitable fin.

Recordó entonces al minotauro que perseguía a sus

víctimas hasta devorarlas y creyó ser uno de esos desgraciados

condenados a morir, y pensó luego en Teseo , el liberador de

las almas a quienes la espesa niebla cegaba la verdad oculta.

Enfrentaría a la bestia con sus propias manos y deseó ser el héroe,

hasta que la imagen de Ariadna llegó a su mente como el suspiro

arrebatado de la gloria de quien lucha contra su voluntad y se

culpó por no saber qué hacer. De pronto, el resplandor débil de

una luz lejana lo llamó a su encuentro, y como un loco arrebatado

por la ira fue al conflicto de lo único que en su amor era distinto;

cuando la pálida luz cubrió su rostro, una figura saltó sobre él y eso

fue lo último que el desdichado vio…

El suicidio se había consumado.

  1. Julio Cortázar, Bestiario
  2. Jorge Luis Borges, La casa de Asterión

Rosa

de Mateo Mansilla

 

  1. Preludio.

Y escribía. Y por cada palabra, por cada letra, por cada espacio,

por cada trazo: un recuerdo. Y no paraba. Seguía, en aquel

pedazo de papel, edificando nuestra historia. Una estructura

basada en recuerdos –en sentimientos– era lo que la componía.

Primer verso. Voló. Segundo verso. Voló. Y así seguí

hasta llegar a la duodécima estrofa, al cuadragésimo octavo

verso.

Cada sílaba, cada palabra, cada silencio y cada rima, en

cada verso, lo denotaba. Denotaba aquel sentimiento de afecto,

aquel sentimiento de gratitud. Denotaba aquellos recuerdos

ignorados por el olvido; aquellas memorias tejidas por nuestras

experiencias y su hilo.

  1. Rosa.

De meticulosa examinación requería

aquella rosa que por su vida, la mía yo daría,

pues, de sus tallos, un sentimiento de dolor emanaba,

más que el de rechazo que, con sus espinas, me mostraba.

Cada vez que la intentaba agarrar, me hería;

al querer acariciarla, sus espinas en mí, hundía.

Hubo un día, sin embargo, que a la distancia

pude observar con claridad lo que ocurría.

La pobre rosa, que en medio del campo se encontraba,

rodeada de depredadores siempre se hallaba.

Era su belleza, quizás, lo que envidiaban

las criaturas que acabar con ella anhelaban.

Y fue entonces cuando la razón pude comprender:

lo único que quería era hacerme entender

que, por temor a mi admiración por ella perder,

su dolor, detrás de sus largas espinas, debía esconder.

Entendí que su belleza debía proteger

de todo ser quien contra ella quisiese arremeter.

Y que por dicha razón sus espinas en mí hundía,

cuando yo tan sólo acariciarla quería.

Decidido, me le acerqué un día para ayudarla

y de un golpe la arranqué de la tierra cual hierba mala.

Las llagas de mi mano, sin embargo, no tardaron en sanar,

al igual que la rosa cuyo estado parecía mejorar.

Cuidadosamente, le arranqué sus espinas

colocándolas sobre delgadas toallas finas,

y, con un poco de agua, terminé de quitarle

la tierra que alguna vez debió molestarle.

Pulcros, los pétalos de la flor resplandecían

bajo los rayos de luz que sobre ellos brillaban.

Pude apreciar la rosa como era en realidad:

antes de ser víctima del mundo y su crueldad.

Observé en mis manos las cortadas y heridas

y, en ellas reflejadas, las experiencias por la rosa vividas.

Noté, sin embargo, que ya estaban sanando,

y me alegré, pues, por ella, algo había logrado.

En un florero con agua coloqué a la rosa

que extendía y meneaba sus pétalos, airosa.

Comprendí que, a pesar de ser una flor hermosa,

los problemas, para ella, tampoco eran cualquier cosa.

Digna por el mundo de admirar por su fortaleza,

por su nuevo amigo, detrás de un vitral la rosa fue expuesta.

No la descuidé, sin embargo, ni por un segundo,

por su confianza, mi flor, al final haberme brindado.

En fin, en su florero expuesta al mundo quedó

la rosa que ante el mundo no sucumbió.

Y a su amigo, cuya mano le tendió,

uno de sus bellos pétalos fue lo que le concedió.

 

El Necronomicon

de Beatriz González Rubín

 

Hoy, en el lugar donde me encuentro, siento la imperiosa

necesidad de narrar mi historia; en parte para desahogar

mi alma atormentada, pero principalmente para prevenir a

aquellas personas que, como yo lo he hecho, se mofan de los

mitos e historias inexplicables y se consideran escépticos.

Todo comenzó cuando cayó en mis manos el libro Los Mitos

de Cthulhu, una antología de relatos de H. P. Lovecraft y otros

escritores fanáticos de lo mítico y lo oculto. Lovecraft es uno de

los maestros del terror moderno: describió las sensaciones más

espantosas a las que se puede enfrentar un ser humano.

En muchas de sus narraciones habla de un libro: El

Necronomicon, inventado por él para efecto de sus relatos; esto es

lo que cree todo mundo, pero la realidad, Dios no quisiera que

fuera de esta manera, es otra.

Al leer Los Mitos de Cthulhu, me interesé en el esoterismo:

mi intención era desenmascarar a todos aquellos charlatanes

que hablan de demonios y seres horripilantes que reinan en un

mundo más allá de lo que el ser humano es capaz de percibir.

Una noche, al regresar a mi departamento, el portero me entregó

un paquete envuelto en papel de estraza. Era sumamente pesado

y voluminoso. No me dio razón del portador del mismo, pues

según me dijo, lo recibió su hijo. El pequeño tampoco pudo

decirme más, solamente explicó que el hombre que lo dejó,

vestía de negro y le pidió hacerlo llegar a mis manos.

Sorprendido, subí a mi apartamento. Una extraña Lentamente fue apareciendo ante mí un inmenso libro, antiguo

y mohoso, encuadernado en pesadas cubiertas de piel con cierres

herrumbrosos. En el lomo se apreciaban cinco nervios, en el

centro tenía un grabado de dos víboras entrelazadas.

Un miedo inexplicable se apoderó de mí. No sabía qué

clase de libro era aquél, nunca había tenido entre mis manos algo

semejante.

Con mucho trabajo pude abrir los cierres de hierro; las

hojas eran de pergamino, amarillentas por el paso del tiempo. Al

pasar a la segunda página, la sangre se me heló, ante mí aparecía

en letras góticas el título del libro:

El Necronomicon (Al Azif)

de Abdul Alhazred.

y por debajo de este patético nombre en letras más pequeñas:

Traducción del griego por

Olaus Wormius

Toledo 1647

Como hipnotizado comencé a leer el macabro ejemplar.

Me sentía atrapado: no sé cuánto tiempo pasó, no sé cuántos

horrores me fueron revelados, situaciones monstruosas que me

encogieron el corazón. Desfallecido por las emociones vividas caí

en un inquietante sueño en el cual seres grotescos danzaban a mí

alrededor presagiando mi triste desenlace.

Cuando desperté, el libro había desaparecido, lo busqué

como un loco hasta darme por vencido.

La única salida que tenía era alertar al mundo de los

horrores que lo acechan, nadie me creyó, me encerraron en

el lugar donde me encuentro, con paredes acolchadas y los

demonios velando mi sueño.

Mientras tanto afuera…

 

MANUAL DE LECTURA PARA La mano de Onán, de Enrique Héctor González

de Ramón Moreno Rodríguez

 

Hace poco tiempo apareció en las librerías una curiosa obra.

Es un pequeño tomo de cuentos: La mano de Onán. Entre los

primeros hay algunos brevísimos, de sólo una línea (el último) y

los más son de una o dos páginas. La mayoría de estos no cuentan

una historia, acaso son una escena o una historia fragmentada de

la que sólo somos informados de una parte, la medular (“Razón

de peso”). Con frecuencia a este tipo de textos se les llama

“relatos”, en oposición a “cuentos” porque estos segundos (más

extensos) sí suelen contar una historia con sus detalles, es decir,

hay una presentación un desarrollo, un clímax y un desenlace.

Tal es el caso de “La máscara más cara” que tiene 27 páginas de

extensión, el más largo de todos. En última instancia, me parece

una diferenciación un tanto innecesaria (distinguir entre relatos y

cuentos). Para mí, son textos en prosa literaria que cuentan algo.

Que sea de manera sucinta o pormenorizada, creo que importa

menos.

Es librito es originalísimo por varias causas, y la primera

se debe a su escabroso tema: el elogio de la masturbación, si se

me permite decirlo así de entrada. Pero también se destaca este

librito por su pulida y a la vez sediciosa prosa; amén de la gala

que hace del uso de la alusión, la concisión, el guiño al lector, la

prosa bien ceñida, hasta llegar al extremo contrario: lo irritante,

lo vulgar. Así suelen ser las provocaciones.

En lo primero que pienso mientras escribo estas líneas

es en aquella gran provocación de Ramón Gómez de la Serna

(humorista con el que Enrique Héctor tiene no pocos contactos)

llamada Senos. No está mal hacer objeto literario a ese objeto

sexual. Luego me digo que hay otro libro que es también un

 

artefacto literario arrojadizo y que sigue esa línea: Coños, de

Juan Manuel de Prada. Ese oscuro objeto del deseo del vizcaíno

devino cuentos. Cuentos mexicanos entre salaces y humorísticos

que, en lugar de hacer el elogio de los senos y los coños, canta la

epopeya del solitario ejercicio de entretener la entrepierna.

Son varios los paralelismos entre estos tres libros y sólo

diré que los une el oficio de hábiles prosistas de que hacen gala

sus autores, la brevedad de los textos, el humor y cierta lubricidad

que en el mexicano se ejerce sin contención. Muchas otras cosas

veo en común, pero no seguiré por ese camino porque terminaré

por hacer un ejercicio de comparación literaria, que no estaría

mal encaminado, pero que me aleja de los propósitos de estas

líneas.

En formato de libro de bolsillo, este tomo reúne 19

textos en 161 páginas y una cuidadosa y afinada edición. Diez

son relatos breves (el último es una línea) y nueve, cuentos

medianamente extensos. Sólo el último de éstos (“La máscara

más cara”) tiene una extensión mayor (veintisiete páginas) y es,

a mi juicio, el mejor de todos. Quizá por eso se nos reservó para

cerrar con broche de oro.

Sin duda, el título y el epígrafe centran bien la intención

del contenido. Pero he de decir que estos cuentos y relatos no

hacen una definición del placer solitario (como sí caminan en

la dirección de sus respectivos títulos, muchas de las greguerías

de Gómez de la Serna y casi todos los relatos de Prada). Más

aún, no en todos los textos el motivo son las prácticas onanistas

de los personajes protagónicos o secundarios, sino otros asuntos

paralelos y concomitantes a estos placeres: la eyaculación, el

semen, la seducción (normalmente fallida) de las compañeras del

trabajo, la torpeza de los tímidos conquistadores, etc. Si he de

resumir en una o dos líneas el tema del libro y esas palabras deben

proceder de éste, citaría al diácono que protagoniza el relato “Un

día con O”: “Me dormí, Dios es mi testigo, a medio camino de una paja promisoria, angustiado, un poco ebrio todavía.”

En efecto, los personajes con frecuencia utilizan la

autosatisfacción como fuga (¡qué gran descubrimiento, dirá

algún agudo lector!), como lucha contra el insomnio, como

consuelo ante la adversidad y es este aspecto lo que marca una

diferencia fundamental entre los dos libros españoles que hemos

mencionado y este mexicano. Sin duda el humor, el ingenio, la

agudeza observadora, el albur, crean una atmósfera a medio

camino entre Woody Allen y Rabelais; no obstante, cuando

termina el lector los textos (casi todos, pero no todos) le queda la

amarga sensación del llamado tedio vitae. Aquel famoso esplín

que supuestamente caracteriza la personalidad crepuscular de los

mexicanos. Sea verdad o un estereotipo de nuestra identidad, es

la diferencia entre este libro y los otros dos; es, sin duda, la marca

de la casa. Ahí está el caso del niño angustiado (“el aire de esas

noches espesas en que sabes que vas a dormir con una piedra

en el estómago”) que acaba de descubrir la hirsuta pelambrera

de las mujeres adultas cuando espía a una vecina sentada en el

retrete (“Casa temida”).

Una cosa más, y con esto concluyo. Es muy destacable el

oficio literario de Enrique H. González. Su prosa es preciosista,

minuciosa, perfeccionista. El dominio de la lengua, el parafraseo

de los grandes autores, los efectos retóricos, los juegos de palabras

chispeantes resaltan mucho. El lenguaje barroco y lo denso

del tema crea un efecto contrastante propio de un poderoso

aguafuerte. Me es imposible citar en estas pocas líneas tantas

frases felices y chispeantes calambures, pero piense el lector en el

palindroma del título general del libro o los títulos de los cuentos

antes aludidos.

 

La mano de Onán, Enrique Héctor González, México, Revarena, 2016, 161 pp.

UN CUENTO

DE EVE GIL

Hay muchas maneras de violar. Tantas, como violadores.

Ahora mismo, mientras escribo esto, estarán siendo

violadas miles de mujeres y niñas sin que nadie haga nada por

evitarlo. Y esas violaciones afectarán profundamente la psique de

las víctimas, que revivirán una y otra vez ese momento que ni la

más sofisticada terapia gestalt conseguirá borrar: una violación

es el tatuaje más definitivo. Más bien: una marca al rojo. Una

mujer violada está condenada a continuar siéndolo, no solo en

su recuerdo sino en otras variantes. Te viola quien justifica a tu

agresor. Te viola quien te responsabiliza porque “ya eras adulta”

(o una morra apendejada, da lo mismo). Te viola quien insinúa

que tus actitudes pudieron interpretarse como una invitación a

ser violada. Te viola quien te trata como sujeto potencialmente

“violable”. Te viola quien promete guardarte el secreto de que

fuiste violada. Te viola quien, sabiéndolo, continúa socializando

con el violador. Te viola quien te regaña por no haber evitado

que sucediera. Te viola quien no te apoya cuando se lo cuentas.

Te viola quien pretende hacerte desaparecer para que no causes

problemas en el ámbito donde tuvo lugar la violación. Te viola

quien te llama “loca” porque manifiestas públicamente tu justa

ira. Te viola quien pretende forzarte a hablar de ello si no estás

preparada. Te viola quien califica de “hazaña” lo que te hizo el

violador. Te viola quien rotula en tu frente la palabra PUTA.

Te viola la ley cuando te fuerza a pasar por un ritual humillante

si te atreves a denunciar al primero de la interminable cadena

canibalesca.

A veces, la propia víctima se viola a sí misma cuando

considera que tuvo parte de la culpa; cuando acepta las disculpas

del violador, a pesar de que no existe disculpa para un acto de esa naturaleza; cuando por miedo o por culpa finge que no ha

pasado nada, o que no ha sido “propiamente” una violación…es

decir: cuando inicialmente ella consintió la relación pero después

se arrepintió porque no le agradó como el tipo le tocaba, o las

cosas que le decía, y cuando pretendió zafarse “ya era demasiado

tarde”. ¿Qué mujer en su sano juicio concede que acompañó

voluntariamente a su “violador”, porque nunca imaginó que

ese hombre tan amable y tan sabio era un agresor, un misógino

habituado a tratar como cosas a las mujeres? “Tú te lo buscaste,

no te quejes ahora”, será la obvia reacción, y será unisex. Sin

importar que una revisión ginecológica determine que tus

genitales presentan irritación y desgarraduras impropias de una

relación consentida…y que de paso, eras virgen y tu único error

fue hacer la peor elección para iniciar tu vida sexual. El caso es

que fuiste detrás de él…te montaste en su auto, hubo arrumacos

y te excitaste demasiado…lo que ocurrió después (las palabras

soeces, el desgarramiento de ropas, el amordazamiento para

que no gritaras, la retención contra tu voluntad, la penetración

forzada) no cuenta porque tú provocaste al pobre hombre,

que como buen hombre es un animal al que nadie le enseñó a

contener sus “necesidades”, como sí te enseñaron a ti. A ninguna

mujer decente la violan en un cuarto de hotel, no la chingues. Y

es cuando adviertes que, sin importar lo que diga tu médica, la

culpa será única y exclusivamente tuya, por puta, por andar de

resbalosa. Empiezas a dudar de ti misma, máxime si tu experiencia

sexual se reduce a esa pesadilla e ignoras que ningún hombre tiene

derecho a lastimarte, porque durante tu vida has visto a tantos

hombres lastimar a tantas mujeres, hasta en tu propia familia.

Es posible que las relaciones sexuales sean así, te dices, en un

último esfuerzo por auto engañarte. Lo más probable es que tú

misma solapes a tu violador y te dejes engullir por el silencio más

atroz, que es el de la culpa…pero si el acto tiene consecuencias y prácticamente toda la culpa es tuya, y el pobre hombre no

tiene por qué cargar una responsabilidad que no le compete –a

pesar de no haberse tomado la elemental molestia de ponerse

un condón, para que su vileza no cobrara otra víctima, aparte

de la que ya tenía a su merced -¿cómo le haces para exigirle?

Él se defenderá como tigre: dirá que así como te fuiste con él al

hotel, pudiste haber ido con muchos más; que definitivamente

ese hijo no puede ser suyo porque solo lo hicieron una vez, y

negará al producto de su crimen y de su sangre mil veces más

de las que San Pedro negó a Jesucristo…y si por entonces las

pruebas de ADN no eran asequibles, y encima de todo las tenía

que pagar la demandante… ¿Ves lo que te pasa por no guardar

el decoro? Ahora serás una madre soltera…claro, a menos que

te tomes un tecito que te voy a recomendar… estás sola: tú y tu

problema, porque es tu problema, y de nadie más…el hombre al

que voluntariamente acompañaste y luego quisiste dejar caliente

y sin dinero, porque el efectivo lo derrochó en una suite…a ése

ni lo toques: es casi sagrado porque es hombre con necesidades

irreprimibles y sagradas también. Toda la culpa es tuya. Hasta las

leyes a las que pretendiste recurrir te lo gritaron en tu cara: todo

corre por tu cuenta; eres tú quien debe demostrar esta nueva

violación, aunque la lógica dicta que los gastos debieran correr

por cuenta del que pretende demostrar su inocencia.

A esto súmale que el tipo representa una imagen de autoridad

y de poder, y que tú eres una subordinada, es decir, una doña

Nadie. Ya no es simplemente el hecho de que él sea hombre y

que por ser hombre tenga “necesidades especiales” y tú una

mujer que no tendría por qué tenerlas también, si fueras decente

y honorable: es la superioridad profesional y ética que a él le

confieren todos esos títulos que a ti te falta mucho para obtener,

y quizá no obtengas nunca porque decidiste traer al mundo a su

hija. Acéptalo: estás perdida. Te has violado tú misma porque el violador no carga estigma alguno.

Él sigue alegremente su vida, depredando para satisfacer sus necesidades. Total: a los

hombres les resulta increíblemente fácil diluir sus pequeñas

manchas. Se hacen retratar en tiernas escenas familiares…en

dulces momentos de romance con otra mujer a la que prodiga

la respetabilidad que a ti te robó…en medio de manifestaciones

políticas, poniendo su mejor cara de indignado para que vean lo

mucho que le preocupan los niños asesinados y hambrientos, y

por ningún motivo vayan a creer que sería capaz de abandonar

a una de su sangre. Tú, en cambio, a menos que te esfuerces el

triple, el cuartuple por alcanzar un cierto estatus que adecente

tu reputación, siempre serás la multitudinariamente violada

joven que acompañó a su verdugo hasta un matadero de lujo,

con música de Bryan Adams. ¿A poco no es padrísimo que te

desvirguen a huevo mientras escuchas “(Everything I Do) I Do

It For you”?

¿A poco no, dulce perrita, bonita, blanquita,

calientabóliers, pendeja, burguesita de mierda, putita, no me vas

a dejar así, a poco no te gusta, mámamela, no te hagas la que

no sabes, soy más limpio de lo que crees / You know its true/

Everything I do/ I do it for you?