En un distante cantero…

de Tony Cantero

 

Me estoy poniendo viejo, me miro y lo comprendo pues,

aunque aún corpulento, ya todo no deseo. Ya no me veo en

conciertos, ya no bailo el día entero, ahora sólo pienso y pienso,

en la vida que llevo. Ya no hay noches de juergas, de faldas y

mareos, ya no le canto a un lucero, ni al sol escribo versos. Ahora

sólo pienso y pienso, que si vuelvo, o si regreso, que si no tengo

sonrío y sigo andando sereno, contento compilando sueños.

—Y ahora sólo pienso y pienso, en los días que he

vivido, buenos y malos, efímeros…

Y me digo quizás viejo, pero en fin, si es divertido,

tener un pasado da abrigos, a amores y sacrificios. Familiares de

testigos, los amigos del oficio, las parrandas y los vinos, pero al

fin somos los mismos, desde el día en que nacimos, hasta la hora

de morirnos. Y quizás me digo viejo, porque me siento distinto,

pero si me pongo al hilo, me visto de negro lindo. De pulgada de

madero y de aroma de eucalipto, de mí mismo.

Y quizás me diga viejo porque sólo pienso y pienso, a los

restos que conservo, de mi antaño en otro tiempo. Al amor que

a diario anhelo, a la voz de mis adentros, a la miel del colmenero

y a la flor del sentimiento. Porque sólo pienso y pienso ya que el

fuego me da al cuello, porque las puertas de hierro sin rodeos las

he abierto. Porque lluevo y porque trueno y porque llevo un alma

adentro, en mis añejos cimientos de bohemio.

—En mi más allá que encuentro en un distante cantero,

sin misterios; y quizás me diga viejo pero a los cuarenta y cuentos

sigo siendo un jovenzuelo, porque siento mi reflejo.

—Y me lo vivo creyendo; y porque aún suelto mis

pétalos, en cada cana que peino…

—¡En un distante cantero, donde florezco!

La grieta

Por Ludim Cervantes

 

Ella se escapó al final del último sueño. Encontró la pared corrediza

y se esfumó. Yo no la vi, pero lo supe cuando todos comenzaron a

hablar del mundo tras la pared. Ella dejó una grieta por donde se observa

el destello de un sol muy intenso y ruidos. Simone, metió una varita para

corroborar si era seguro. No paso nada. Tres veces por semana Simone,

Kyle, Pound y yo, íbamos a la grieta y llamábamos a Lenka. Susurramos

su nombre, silbábamos y nada. Nunca nos escuchó.

Desde hace unas noches, Lenka tenía sueños extravagantes.

¿Cómo no iba a tenerlos si vivió toda su vida en la mente de un orate?

Logró escapar cuando se quedó dormido. Dicen que se deslizó por las

páginas, una por una. Llegó al prologo y se sacudió las faldas. Yo sabía

que lo amaba pero quería encontrar algo real.

Mientras ellos duermen, nosotros venimos a la grieta y tratamos

de ver que hay detrás. Colocamos los dedos en la pared, tratamos de

sentir algo más que sus latidos. Pegamos los ojos en la ranura pero la luz

cegadora nunca conseguíamos ver nada.

Un día Kyle empujó la pared como si quisiera mover cajas o

bultos. Aferrado en abrirla. Él estaba enamorado de Lenka. Quizá fue su

desesperación o deseo que consiguió abrir la ranura con sus propias manos.

Como si, de una puerta atascada se tratara.

Sonidos desconocidos nos atacaron. Tapamos nuestros oídos. El

aroma era insoportable entre fuego y azufre Pestilencia de estiércol y

muerto que me hizo vomitar. Una avenida apareció cuando el humo gris

se esparció. Aquella ciudad humeaba, rugía. Nos confundía su lenguaje.

Las personas eras cadáveres, los hombres fantasma, las mujeres arañas.

Todo era a un ritmo monótono. Dudamos un momento en cruzar. Hasta

que Pound dio un paso y todo se quebró tras de nosotros. Escuchamos los

cristales de la grieta estrellarse contra el piso. Fue como si alguien me

traicionara. Aquella ciudad gris, tenía el cielo amarillo y quemaba. No se

parecía a ningún otro sitio donde hayamos vivido.

Simone, fue la única que no salió. Se refugió en la grieta y

nos miró con terror. Prefirió custodiar la grieta. Alertarnos si nuestros

Amos nos iban a destruir. Pensé un poco; aconseje no seguir con esto. Se

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preocuparían por nosotros. No me gustaría que mi Ama se enojara conmigo

por desaparecer así.

Sabía que Kyle quería ver a Lenka. Susurró su nombre. Quizá

apareciera. Cómo un deseo o una aparición. Yo también quería buscarla

Lenka, porque, su amo va a enfadarse cuando despierte. Es un tirano y

cuando no le sirve algo lo tira. Como los intentos de una carta. Dicen

que lleva dormido muchos años junto con nuestros amos y los que aún no

nacen. La única que ha visto sus rostros es Lenka. Solía contarnos que

ellos tienen los ojos cafés y son mitad animal, mitad humano. Que nunca

están felices y se alimentan de los sueños y la vida de otros seres vivos.

Pound pensó que se trataba de alguno de los quinientos mundos

del amo de Lenka, o el suyo o el mío. Sin embargo, al ser la única que logró

salir, debía ser un mundo creado por él. Nuestros amos son subordinados

duermen poco y beben café. Este mundo se parecía a Lenka, cansada y

enferma. Tal vez Lenka lo sabía y quiso escapar porque estaba harta de ese

Amo que la obligaba a hacer cosas que no quería, como romperle el corazón

Kyle o encerrar a Simone en una caja. Algunas veces me dejaba al borde

del limbo.

Teníamos que buscarla o su Amo estaría de mal humor y quien

sabe que sucedería si no la encuentra.

Caminamos por una avenida donde los autos no dejaban de

gritar. No entendíamos su idioma pero sí el sonido de su ira. Las calles

eran iguales unas de otras, con los mismos edificios de cristal, las mismas

paredes ocre, el aroma a cigarro y coladera. Todo ser vivo era una sombra.

Sin cara y con el andar pausado Dos vueltas aquí, allá y llegamos a una

plaza donde las sillas y mesas tenían más vida. Todo estaba pintado de

azul, amarillo y morado. Había un hombre vestido de negro, sentado en

una silla y Lenka frente a él. Corrí a ella, los demás me siguieron. Ella

nos ignoró. Al parecer el hombre era ciego, llevaba lentes oscuros y no

reaccionó aparecí frente a él.

― Tienes que volver o el amo se va enojar y nosotros seremos

parte de una comedia épica ― Le dijo Pound.

Ella nos ignoró de nuevo. Cuando el hombre se puso de pie, Kyle

empezó a hablar.

― ¿Por qué? ¿Cambiaste todo por un mortal? Este hombre no

puede verte.

VOCESLenka sonrío.

― A este hombre le gusta leerme. Siempre me lee aunque no

me vea. Se parece a ti Kyle, sólo que él odia el sol.― Explicó Lenka.―

él no sabe nada, no ve nada, no piensa, no habla, no siente, es como un

muerto. Su nombre es como cualquier otro. No es especial ni para sí mismo.

Luego nos corrió, dijo que pensaría que estaba loca por hablar sola.

Kyle soltó un golpe al suelo. Y si observaba con detenimiento,

Kyle y él estaban hechos de la misma substancia. Puede que el Amo de

Kyle se inspirara en ese hombre, o algo más aterrador…

Entonces la tierra tembló. Creí que el Amo se despertaba pero

sólo eran dragones en la plaza. Muchos mosqueteros corrían por todos

lados. Algunos tomaron un taxi, otros subieron a los edificios. La grieta

se extendió hasta llegar al cielo. Culpe a Simone por no advertir. Lenka dio

un brinco, miró asustada. Lo bueno que él no veía nada, pudo haber muerto.

Se oyeron pasos en el cielo. Como el vecino del piso de arriba

que hace ruido al despertar. La grieta ya se había rotó. Salieron más y

más criaturas hasta que se destruyó por completo la pared. Y todo se

mezcló. Dragones con rasca cielos, unicornios en el metro, abogados en

un castillo, perros en librerías. Aún así, Lenka jamás dejó que el hombre

frente a ella conociera su caos. Ni mucho menos su llanto cuando su Amo

la cambió de cuento.

Soñar un día sin tiempo

de Juan Carlos Padilla Monroy

 

Un suave movimiento en las manecillas del reloj, y continúo

esperando ansioso mi visita. Se aproxima la hora del té y el

invitado aún no llega; es inaceptable para un inglés de su categoría

un retraso de semejante magnitud.

Tomo mi reloj de bolsillo… objeto más valioso no puede

haber; el tiempo es tan necesario para el hombre como su existencia,

y sin embargo, tan detestable como la indeseable libertad.

Quizá estoy perdiendo lo más preciado que poseo. Pues

siempre estoy pensando que me hago más viejo y sabio, cuando sólo

me hago viejo .

El tiempo evoca en mi memoria, recuerdos inútiles que

consumen el eterno retorno del pasado entero de mi vida; aceptar

que no hay peor y más implacable usurero que el tiempo, y cuando

se le obliga a hacer anticipos, cobra intereses más altos de los que

pudiera cobrar cualquier judío … el tiempo me roba la vida. El

Sol asoma, la Luna se oculta cada día y parece no importarme,

envejezco y apenas me doy cuenta. El Sol es el mismo realmente,

mas carente de respiración profunda me asecha la muerte . Estoy

limitado por este infame aparato que regula mi vida y me somete a

ella como la mano al hierro.

Mi vida es muy corta, y tardo tanto tiempo en

comprenderme, que no hay momento para disfrutar el alba…

Tomo el reloj de oro del bolsillo de mi saco y con furiosa

ira, lo arrojo contra el suelo y satisfecho, lo veo despedazarse;

emocionado, derribo el reloj del muro, y loco, resisto la represión

que contrae y tortura mi cabeza con el funesto sonido.

Irónicamente el tiempo no puede dejar de lado el tiempo,

y yo sí, y estoy feliz… pero el invitado aún no llega.

David Gilmour

Siempre estoy pensando que me hago más viejo y sabio, cuando sólo me hago viejo.

Arthur Schopenhauer

No hay más implacable usurero que el tiempo

Pink Floyd

El Sol es el mismo realmente, mas carente de respiración profunda me asecha la muerte

El silencio de los pasos infinitos

de Juan Carlos Padilla Monroy

 

Sus manos temblaban, la adrenalina en su sangre fluía con

rapidez, pero el temor lo inmovilizaba; de espaldas contra uno

de los muros del laberinto, el ambiente sepulcrante amordazaba la

oscuridad absoluta; sentía que su alrededor lo miraba con recelo,

el silencio de los pasos infinitos lo acosaba, el murmullo de aquellos

pasos que asechaban, se acercaban lentamente a su derecha.

Cuando tomó la decisión de asomarse por el corredor,

el ruido cesó. No había nadie… nuevos pasos se acercaron a su

izquierda, se apresuró a interceptar las sombras, pero ocurrió lo

que hacía un momento.

La duda consumía sus pensamientos; ¿de quién serían

los pasos que escuchaba? ¿serían los mismos siempre o alguien

querría engañarlo? Pero, ¿quién? O, ¿quizá se engañaba a sí

mismo? De lo que estaba convencido era que había algún otro ser

dentro del laberinto. Los pasos reaparecieron y sin pensarlo, corrió

tras ellos para encontrarlos. El tigre había cambiado de habitación

y la muerte lo esperaba; ¿cómo podía saber que no era él quien se

engañaba y creía en un tigre al que nunca había visto?

Perseguía ciegamente los ecos subconscientes de su alma.

Exhausto, recargó la espalda contra otro muro, cerró los ojos y

despejó su mente; era inútil, los pasos seguían atormentándolo,

se levantó de nuevo y recorrió los vacíos pasillos que ocultaban el

inevitable fin.

Recordó entonces al minotauro que perseguía a sus

víctimas hasta devorarlas y creyó ser uno de esos desgraciados

condenados a morir, y pensó luego en Teseo , el liberador de

las almas a quienes la espesa niebla cegaba la verdad oculta.

Enfrentaría a la bestia con sus propias manos y deseó ser el héroe,

hasta que la imagen de Ariadna llegó a su mente como el suspiro

arrebatado de la gloria de quien lucha contra su voluntad y se

culpó por no saber qué hacer. De pronto, el resplandor débil de

una luz lejana lo llamó a su encuentro, y como un loco arrebatado

por la ira fue al conflicto de lo único que en su amor era distinto;

cuando la pálida luz cubrió su rostro, una figura saltó sobre él y eso

fue lo último que el desdichado vio…

El suicidio se había consumado.

  1. Julio Cortázar, Bestiario
  2. Jorge Luis Borges, La casa de Asterión

Rosa

de Mateo Mansilla

 

  1. Preludio.

Y escribía. Y por cada palabra, por cada letra, por cada espacio,

por cada trazo: un recuerdo. Y no paraba. Seguía, en aquel

pedazo de papel, edificando nuestra historia. Una estructura

basada en recuerdos –en sentimientos– era lo que la componía.

Primer verso. Voló. Segundo verso. Voló. Y así seguí

hasta llegar a la duodécima estrofa, al cuadragésimo octavo

verso.

Cada sílaba, cada palabra, cada silencio y cada rima, en

cada verso, lo denotaba. Denotaba aquel sentimiento de afecto,

aquel sentimiento de gratitud. Denotaba aquellos recuerdos

ignorados por el olvido; aquellas memorias tejidas por nuestras

experiencias y su hilo.

  1. Rosa.

De meticulosa examinación requería

aquella rosa que por su vida, la mía yo daría,

pues, de sus tallos, un sentimiento de dolor emanaba,

más que el de rechazo que, con sus espinas, me mostraba.

Cada vez que la intentaba agarrar, me hería;

al querer acariciarla, sus espinas en mí, hundía.

Hubo un día, sin embargo, que a la distancia

pude observar con claridad lo que ocurría.

La pobre rosa, que en medio del campo se encontraba,

rodeada de depredadores siempre se hallaba.

Era su belleza, quizás, lo que envidiaban

las criaturas que acabar con ella anhelaban.

Y fue entonces cuando la razón pude comprender:

lo único que quería era hacerme entender

que, por temor a mi admiración por ella perder,

su dolor, detrás de sus largas espinas, debía esconder.

Entendí que su belleza debía proteger

de todo ser quien contra ella quisiese arremeter.

Y que por dicha razón sus espinas en mí hundía,

cuando yo tan sólo acariciarla quería.

Decidido, me le acerqué un día para ayudarla

y de un golpe la arranqué de la tierra cual hierba mala.

Las llagas de mi mano, sin embargo, no tardaron en sanar,

al igual que la rosa cuyo estado parecía mejorar.

Cuidadosamente, le arranqué sus espinas

colocándolas sobre delgadas toallas finas,

y, con un poco de agua, terminé de quitarle

la tierra que alguna vez debió molestarle.

Pulcros, los pétalos de la flor resplandecían

bajo los rayos de luz que sobre ellos brillaban.

Pude apreciar la rosa como era en realidad:

antes de ser víctima del mundo y su crueldad.

Observé en mis manos las cortadas y heridas

y, en ellas reflejadas, las experiencias por la rosa vividas.

Noté, sin embargo, que ya estaban sanando,

y me alegré, pues, por ella, algo había logrado.

En un florero con agua coloqué a la rosa

que extendía y meneaba sus pétalos, airosa.

Comprendí que, a pesar de ser una flor hermosa,

los problemas, para ella, tampoco eran cualquier cosa.

Digna por el mundo de admirar por su fortaleza,

por su nuevo amigo, detrás de un vitral la rosa fue expuesta.

No la descuidé, sin embargo, ni por un segundo,

por su confianza, mi flor, al final haberme brindado.

En fin, en su florero expuesta al mundo quedó

la rosa que ante el mundo no sucumbió.

Y a su amigo, cuya mano le tendió,

uno de sus bellos pétalos fue lo que le concedió.

 

La ciudad enmudecida

de Virginia Meade

 

Quiero llegar a casa para besar a mi esposa y abrazar a los

niños… Salgo de la estación del metro que está cerca; ellos

siempre me esperan para merendar; platicamos cómo nos fue

en la escuela y la oficina. Hoy, más que otras veces, extraño

los sonidos que hasta hace poco escuchaba en el trayecto: el

chisporroteo de las quesadillas al deslizarse en el aceite de

maíz hirviendo, el olor a masa inundando mi nariz. Me falta

la complicidad de otra persona con quien compartir la plática

mientras espero el envoltorio de estraza: Güerito, güerito de qué

va a llevar. Ya no existe el puesto callejero de tamales y atole de

canela, porque a don Felipe lo atropelló un automóvil que se

pasó el alto. El tipo se estampó en el poste que alumbraba los

botes de ricuras envueltas en hojas de maíz. Hace mucho tiempo

que el silbato gritón del carrito de camotes y plátanos bañados en

leche no endulzan mis oídos.

Esta noche me acompañan el ruido monótono del

paso de automóviles y motos; los cambios de luces de los

semáforos, los espectaculares y los carteles en las paradas de los

camiones. Consumismo salvaje. No logro escuchar mis pasos

sobre el pavimento ni el de las personas con las que me cruzo,

que caminan agachados mirando el piso, como autómatas. La

irrealidad, como de película oriental, me agrede, igual que las

nuevas disposiciones del gobierno: también nos quitaran al

ropavejero; nos obligan a renunciar a nuestros sonidos. Puede

ser que tengan la razón, que a algunos les ofenda la vista, que les

parezca un chiquero, una estridencia, pero su ausencia deja a la

ciudad muda.

Estoy muy cerca de mi destino, los saludos de los vecinos

son un breve movimiento de manos. El policía que resguarda

la entrada de la calle levanta la pluma y regresa la mirada a la

pantalla del celular.

El Necronomicon

de Beatriz González Rubín

 

Hoy, en el lugar donde me encuentro, siento la imperiosa

necesidad de narrar mi historia; en parte para desahogar

mi alma atormentada, pero principalmente para prevenir a

aquellas personas que, como yo lo he hecho, se mofan de los

mitos e historias inexplicables y se consideran escépticos.

Todo comenzó cuando cayó en mis manos el libro Los Mitos

de Cthulhu, una antología de relatos de H. P. Lovecraft y otros

escritores fanáticos de lo mítico y lo oculto. Lovecraft es uno de

los maestros del terror moderno: describió las sensaciones más

espantosas a las que se puede enfrentar un ser humano.

En muchas de sus narraciones habla de un libro: El

Necronomicon, inventado por él para efecto de sus relatos; esto es

lo que cree todo mundo, pero la realidad, Dios no quisiera que

fuera de esta manera, es otra.

Al leer Los Mitos de Cthulhu, me interesé en el esoterismo:

mi intención era desenmascarar a todos aquellos charlatanes

que hablan de demonios y seres horripilantes que reinan en un

mundo más allá de lo que el ser humano es capaz de percibir.

Una noche, al regresar a mi departamento, el portero me entregó

un paquete envuelto en papel de estraza. Era sumamente pesado

y voluminoso. No me dio razón del portador del mismo, pues

según me dijo, lo recibió su hijo. El pequeño tampoco pudo

decirme más, solamente explicó que el hombre que lo dejó,

vestía de negro y le pidió hacerlo llegar a mis manos.

Sorprendido, subí a mi apartamento. Una extraña Lentamente fue apareciendo ante mí un inmenso libro, antiguo

y mohoso, encuadernado en pesadas cubiertas de piel con cierres

herrumbrosos. En el lomo se apreciaban cinco nervios, en el

centro tenía un grabado de dos víboras entrelazadas.

Un miedo inexplicable se apoderó de mí. No sabía qué

clase de libro era aquél, nunca había tenido entre mis manos algo

semejante.

Con mucho trabajo pude abrir los cierres de hierro; las

hojas eran de pergamino, amarillentas por el paso del tiempo. Al

pasar a la segunda página, la sangre se me heló, ante mí aparecía

en letras góticas el título del libro:

El Necronomicon (Al Azif)

de Abdul Alhazred.

y por debajo de este patético nombre en letras más pequeñas:

Traducción del griego por

Olaus Wormius

Toledo 1647

Como hipnotizado comencé a leer el macabro ejemplar.

Me sentía atrapado: no sé cuánto tiempo pasó, no sé cuántos

horrores me fueron revelados, situaciones monstruosas que me

encogieron el corazón. Desfallecido por las emociones vividas caí

en un inquietante sueño en el cual seres grotescos danzaban a mí

alrededor presagiando mi triste desenlace.

Cuando desperté, el libro había desaparecido, lo busqué

como un loco hasta darme por vencido.

La única salida que tenía era alertar al mundo de los

horrores que lo acechan, nadie me creyó, me encerraron en

el lugar donde me encuentro, con paredes acolchadas y los

demonios velando mi sueño.

Mientras tanto afuera…

 

ANSIEDAD

DE RODRIGO VELAZQUEZ SOLORZANO

Mexico D.F.                                                                  22/3/2017

Cuando me platicas de sus enormes senos morenos comienza

a escurrirse entre mis piernas un líquido viscoso y

transparente. Te amé porque me llevaste al hotel donde tantas

veces te desfogaste en su cara. Recuerdo que ese día bajo la

regadera tuve que pararme en la punta de mis pies para que me

penetres por atrás, ¿cómo no ser tu puta? Quiero usar la lencería

que se ponga para tu cumpleaños, ojalá sea roja. Yo te voy a

escribir una carta, amor mío, te espero el sábado.