LA AMISTAD, LA SOLEDAD, EL AMOR

De Alberto Ibarrola Oyón

 

La amistad es un bello lazo musical

que promete exóticos viajes de sonrisas

en la laboriosa realidad de sables quebrados

por los combates diarios de guerreros sanguinarios.

La amistad es una magnolia enamorada

que invita y ofrece un delicado sabor

de vinos, naranjas y azafranes inducidos.

La soledad existe y acompaña en la noche maldita,

es el pasado de un hombre que huye de sí mismo,

que esconde los recuerdos en un fango de cerrojos

para que no le atormenten con sus deformes extremidades

aquellos que dedican sus risas tendenciosas

a los cantos voluptuosos de los canoros jilgueros.

La soledad es una hermosa doncella ruborizada

pero cruel, perversa y profundamente despiadada,

que sueña en su atrayente locura idolátrica

aniquilar la voluntad rendida de su amante

que, engañado, sólo percibe sus sensuales encantos

y no considera su corazón de serpientes asesinas.

El amor humano es un rubí de lunas llenas de primavera

que se amarra con acero forjado en la fragua de la noche

a los nichos floridos de un lazo pretencioso,

que aúna las voces quebradas de ciegos que se buscan

en la luz de una ficción que ofrece visiones encarnadas.

El amor humano es una colina de flores no clasificadas

que juegan con los obstáculos insalvables

de un calor engañado en el silencioso mar,

es el beso de un poema que sufre, llora y gime

por la muerte de los senos de una mariposa envidiada.

La amistad, la soledad, el amor humano,

vanos recuerdos de una existencia imaginaria

que viaja en las nubes de una fiebre necesaria.

Irascibilidad exhaustiva

de Brenda Abigail Carrizales Gudiño

 

Un hombre lame la sangre en el campo de guerra

consagrándolo así, como suyo

ese hombre no puedo ser yo:

mi glotonería es inasequible

la comparo sólo con la de Calígula

porque la cabeza que deseo

es la de la humanidad entera

aspiro a devorar en un caldo de sangre

el cerebro de ilustres pensadores

sobrepasar cada uno de mis estadios:

sentarme en un trono de hierro humeante

hasta aspirar mi carne hecha cenizas

Yo: mi irascibilidad exhaustiva

quien obliga a aquel hombre a lamer la sangre

a consagrar en mi nombre

mi nombre: soy yo

yo soy ese hombre

FOCO ROJO

de Brenda Abigail Carrizales Gudiño

 

Mis pensamientos son

El foco rojo de un burdel

Un garito de salinos aromas

Mis pensamientos son

La dentadura de una puta

el maquillaje que revela su inocencia

¿Y qué si soy lo que pienso,

Mientras pienso lo que no soy?

Un foco

Un burdel

Una puta:

Todos están a una noche de romperse,

Pero se aferran:

No será esta noche.

 

Las enseñanzas de la pintura figurativa de un poeta irlandés

por Ernesto Reyes

Nadie tiene más de tres o cuatro

golpes de pincel por rostro

nadie

 

Ni siquiera quien

se ha esforzado por

hablar con muecas como

el ser más torbo,

abandonar de una vez

la letra

su semántica de

sombras

 

Recorridos todos los estudios de fotografía

donde todavía hay retratos

pintados con la luz de un corto instante

óvalos rugosos rectángulos risibles

alcanzados por la mancha segadora de Atenea

 

donde ahora viven algunos pares de ojos

unas narices

por encima de un atisbo de

sonrisa

resplandeciente bajo una capa

casi imperceptible de

efímero barniz:

 

Nada más que la plata que sacrifica

⎯más por fuerza que por gusto⎯

su brillo eterno y mineral

a cambio de revelar otro

más opaco y a todas luces animal:

 

la faz del ser

que solo ha de aspirar

a vivir en semejanza

de un padre semi eterno

 

cuyo rostro no verá.

 

Por desidia el autor ha decidido dejar este poema sin nombre, por Alejandro H. Monarres

Ahora escucho el llanto de dos amantes:

Enséñame la calma,
no me condenes a mi sombra,
aléjame de mí,
del aliento de mi espíritu corrupto.
Tú, quien ahora vibras en los poemas,
en las saetas ardientes heridas por una voz,
en cada letra de un verso bello.

Encuentra su respuesta:

Poeta, que tanto quieres encontrar

ungido con ese nombre,
¿verdaderamente crees que un verso
podría mover una sola piedra,
dominar las superficies?
Si las ondas de tu voz

son tus penas,

mago de la tormenta,
quédate lejos de mí,
aleja tu llanto de mi pecho
que sigo virgen de arena.

¿De qué habla la madre de un suicida cuando habla de amor?, por Alejandro H. Monarres

Si encontrarte en un sitio

escoger yo podría sería

en una fosa,

la calle, sombría y caliente.

Y quisiera verte siempre

mártir,

fuera culpas,

me vendería por

que murieras con las manos

tranquilas,

pasivas. Sin voluntad,

acaso masacrada por fuerzas

ajenas,

como muere la juventud

en el siglo de magia y

milagros:

aniquilada por lo ajeno, mártir.

Consolaría el horror

de verte hecha un péndulo

y lavaría los estigmas

de mi nombre.

Carta a un amigo, por Alberto Ibarrolla Oyón

Réplica al poema La ciudad de C.P. Cavafis.

 

Recuerdas la tormenta de silenciosos agravios,

los jinetes embrujados que cabalgaban hasta la aurora,

las desidias que enloquecían las amistades,

y quieres cambiarlo, quieres mejorar el ayer.

Pero las dudas pesan y lastiman tu conciencia,

los temores y frustraciones influyen en tu mirada

y tu alma habitada por recipientes quebrados

se trasforma en un dolor insano e intolerable.

Las decepciones y los fracasos, indudablemente,

ahuyentaron a los sensibles amigos de antaño,

te hieren todavía en el corazón lacerado

y no eres capaz de cerrar tus heridas solitarias.

Las vanas palabras de mujeres extraviadas

no se han ido aún de tu vida, ni se irán.

En cualquier caso, pese a las sombras perversas

que se proyectan sobre tu memoria,

piensas en regresar coronado de laureles

cuando la ciudad de los pecados que te sonrojan

no alberga ya aquellos edificios depravados,

no contiene las imágenes que te trastornaron,

porque ya ni siquiera existe, no es.

Al cesar en el errático peregrinaje

que solicitaste entre aquellas rúas aborrecidas,

desapareció aniquilada por espectros satánicos

que aguardaban tu huida para silenciarla.

Estás completamente solo, intensamente solo,

la ciudad solo se hallaba en tu imaginación,

y la sonrisa rencorosa en tu rostro desordenado

no sirve para dotarla de realidad tangible.

Vives atormentado por un ayer que nadie recuerda.

¡Despierta de esta muerte de pasados irrecuperables!

La ciudad que añoras no te hablaba ni te amaba,

a sus habitantes ya los conoces, y los abandonaste.

Piensa en las bellas muchachas que te desean,

en los gorriones que te ofrecen copas de un néctar

que, soberbio, nunca habías deseado degustar.

Tu juventud será el bálsamo de la tristeza y la desesperanza,

la madurez será un lagar de luciérnagas serenas,

y la senectud, cuando llegue, será buena para recordar,

pero no esas viejas historias, no esos sentimientos vulgares,

sino los hechos de una vida realizada, tu vida.